Él la había
herido. Aunque, para ser sinceros, ella admitía que no había sido su intención.
La había tratado bien. La culpa era suya por “enamorarse” de él. La propia
palabra parecía una contradicción cuando se hablaba de ella.
Él era un
donjuán de mucho cuidado. Ella había sido, en el mejor de los casos, un
caritativo pasatiempo: una chica de la que se había compadecido justo cuando la
necesitó y no tuvo nada mejor a mano, pero de la que se alejó en seguida para
continuar su camino y procurarse una compañía más entretenida. Ella se maldecía
a sí misma por haber bajado la guardia y abrirle su corazón.

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